jueves, 25 de marzo de 2010

EL BIEN Y EL MAL, LA ETERNA LUCHA EN EL CORAZÓN


Cada grado evolutivo y cada estado de conciencia necesita unas normas de ética y moral de tal manera que, para quien las cumple, hacen pensar que esa persona está caminando en el sendero del bien, sin embargo, las Leyes Divinas o superiores, son imprescindibles para que las personas tomen conciencia de que, lo que para unos es caminar sobre el bien para otros es estar todavía atrasados. Así, las especies y reinos se causan mal entre ellos mismos (la planta que necesita de otra para sobrevivir o el animal que mata a otro para alimentarse) pero ese mal no tiene el mismo efecto que cuando un hombre mata a otro en defensa propia ante la ley kármica. Así es que, cuando el hombre deje de hacer mal gracias al cumplimiento de las Leyes Divinas cambiaremos el concepto de la evolución y de la conciencia. Esto nos llevará a evolucionar más rápidamente puesto que no es lo mismo evolucionar haciendo el mal y sufriendo sus consecuencias que actuando solamente sobre el sendero del bien.


Lo cierto es que, gracias a la caída en el mal, la humanidad es lo que es en su sentido más positivo porque, cuando el hombre hace mal y la ley le trae sus consecuencias, aprende que ese no es el camino correcto. El Maestro de Sabiduría, el iniciado, el sabio o el santo se han desarrollado sobre una base donde ha estado muy presente el mal, en realidad, todos nosotros estamos evolucionando a través de malos deseos y sentimientos (odio, lujuria, envidia…) a la vez que nos esforzamos por desarrollar otros buenos (amor, servicio, solidaridad…) Todas estas etapas son necesarias para que el hombre conozca lo que es el mal y sus efectos y así poder dirigirse hacia el sendero del bien, y para eso tiene las leyes éticas y morales de la Tierra más las que aplican las Jerarquías que dirigen y guían a la humanidad. Cuando más nos acercamos a esas normas y leyes más nos damos cuenta de que, en cierto modo, son una limitación para quien las ha superado o un ideal para el que aún no las percibe claramente, pero de una forma u otra, las normas y leyes están dentro de cada uno y solo tiene que dar tiempo y trabajar sobre el bien para que florezcan. Cada uno de nosotros somos un mundo y como tal tenemos nuestras propias normas potenciales de desarrollo que suelen estar representadas por la conciencia, la buena voluntad y el discernimiento; si aplicamos estos tres aspectos individuales a nuestras propias vidas, nos alejaremos cada vez más del mal.

En la Época Lemúrica, hace millones de años, cuando la humanidad no tenía aún el principio de lo que actualmente llamamos “razón” o mente, el hombre actuaba según su instinto. Esto significa que teníamos una conciencia similar a la de los animales y que, al no tener voluntad propia ni razón, no se nos podía culpar por el mal que hacíamos; de hecho, la ley del karma no actuaba con nosotros como lo hace hoy. Así es que, ¿Cuándo nace el mal en nosotros? La respuesta procede de dos aspectos diferentes: 1º.- A partir de que obtenemos la auto conciencia (la primera gran iniciación de la humanidad), y 2º.- Como consecuencia, según vamos descubriendo que los dioses (las jerarquías y Leyes Divinas) nos castigan o premian según actuemos a favor o en contra de dichas leyes. Esto es exactamente lo que ocurre con los niños puesto que cuando son menores no son responsables de lo que hacen y son inocentes porque desconocen las leyes penales.


Como podemos ver, es evidente que siempre hemos tenido el “mal” en nosotros, pero ese mal no puede ser tal en determinados sentidos. Si un animal mata a un hombre no es culpable ni se puede decir que sea malo, pero es que incluso si un caníbal o ser de una tribu salvaje sacrifica a otro ante sus dioses, para esa tribu tampoco es culpable de nada; sin embargo sí lo sería para nosotros por el hecho de estar más evolucionados. Por tanto, es el estado de conciencia y la propia evolución la que hace que nosotros conceptuemos algo como bueno o como malo. Sin embargo, como he dicho anteriormente, desde que somos autoconscientes de nuestros actos somos responsables de todo lo que hacemos ante las Leyes Divinas. Es más, somos responsables de nuestras creaciones, procedan del cuerpo que procedan, sean sentimientos, pensamientos, o actos y lo hagamos con voluntad y conciencia o sin ella. Así es que, el karma, la Ley de Consecuencia junto a la de Renacimiento son las dos principales leyes que no están enseñando a diferenciar e mal del bien y nos están guiando para que practiquemos solo el bien.


En la Época Atlante, la gran mayoría de la humanidad (nosotros mismos hace muchos renacimientos) se dejó dominar por el cuerpo de deseos, el gran tentador, o sea, nos dejábamos dominar por los deseos, sentimientos y pasiones más bajos que, al no haber desarrollado apenas la razón, nos llevaban a hacer el mal. Pero el principal motivo, de forma análoga a los animales, era la supervivencia, el egoísmo por lo material y el hecho de no querer adaptarnos o cumplir las leyes de aquel Dios. Desde el comienzo de la Época Aria hasta nuestros días, la humanidad ha desarrollado un elevado grado el discernimiento y aunque la gran mayoría no se deja dominar ya por aquellos malvados deseos, sentimientos y pasiones, lo cierto es que aún tiene el mal en su interior. La única diferencia es que la voz de la conciencia es más audible que en aquellas Épocas del pasado como resultado de todo el mal que hemos purgado después de cada muerte, pero, aun así, no la prestamos suficiente atención.


Actualmente, hay países que no les importa crear un conflicto o guerra con otros, hay otros donde se castiga con las peores penas (mutilaciones, muertes horrendas, violaciones y asesinatos de niños y niñas…) y se consienten, como una cosa normal, los abusos de los hombres sobre las mujeres y niñas y un sinfín de cosas más. Pero, principalmente occidente y otros países que se aproximan, intentan no solo no crear guerras sino también que otros no las creen. Esto es fruto del desarrollo de la conciencia y de la propia evolución de la humanidad que habita en los correspondientes continentes, sin embargo, todavía persiste el hecho de que en esos países más atrasados donde se cometen tantas atrocidades sigan viendo bien o normal esos hechos según su conciencia, cultura, religión, etc. Por consiguiente y aunque occidente intente dar ejemplo de que es mejor vivir en paz y preocuparse de la mejora social y no del egoísmo que lleva a hacer la guerra, esas personas siguen haciendo mal y serán las Leyes Divinas las encargadas de devolverles el mal que hacen para que lo sufran y su conciencia tome nota de lo que siente para que, así, no lo vuelvan a hacer.


Con estas explicaciones podemos extraer dos conclusiones: 1ª.- Que cuando la humanidad hacia mal por instinto e inconsciencia hace millones de años no tenía lucha interna puesto que su Yo superior estaba comenzando a desarrollarse; y 2ª.- Que actualmente sí hay una lucha interna entre el Yo superior o Ego y la personalidad, entre la mente y el cuerpo de deseos. Esta lucha, que algún día culminará como una lucha entre el Ángel de la Presencia y el Guardián del umbral, continuará durante muchos siglos o miles de años para la mayoría de la humanidad. Pero es necesario que se comprenda profundamente la situación del bien y del mal en cada persona para que cada uno comience a vencer la batalla y así, entre todos, podamos hacer que la humanidad evolucione más rápidamente. Decimos los aspirantes espirituales que no hay que tener prisa en la lucha por el control del cuerpo de deseos pero también decimos que no hay que hacer pausas. Los conflictos (sean de guerra, de familia, de vecinos o entre cualquier otras personas) tienen su origen en el mal que las personas tenemos dentro, por consiguiente, el único conflicto o guerra por la cual nos debemos preocupar es la que debe conseguir eliminar el mal de nuestra mente y de nuestros corazones.


Cuando en la Época Atlante la mente comenzaba a desarrollarse, se originó la guerra que debe llevar a que la razón y el discernimiento venzan los más bajos deseos y los peores sentimientos que albergamos en nuestro interior. Actualmente y puesto que la mente disfruta también de los placeres, del materialismo y de todo lo que nos rodea, la guerra implica un fortalecimiento de la voluntad para que controle y dirija la mente hacia unos grados más elevados de pensamiento y hacia unos ideales que hagan que utilicemos el mundo físico como algo necesario pero sin el más mínimo apego. Esto no lo puede hacer nadie por nosotros, el bien y el mal lo tenemos dentro pero también tenemos el libre albedrío y la voluntad que nos posibilita para decidir momento a momento si queremos hacer el bien o el mal. Solo nosotros hemos creado a Dios y al Diablo en nosotros mismos y, como el toxicómano ante la Ley de Consecuencia, solo nosotros podemos y debemos eliminar el mal. Así es que el hombre es la causa de toda guerra pero también lo es y debe ser de la paz, es decir, no podrá terminar con la guerra si antes no instaura la paz en su interior. Todos estamos dentro de conflictos de diversos grados de gravedad (unos más y otros menos), todos tenemos dudas a diario sobre si actuar buscando el bien y la paz o lo contrario pero, si solo actuáramos teniendo como base el bien y la paz, no existirían los conflictos y el mal. Utilicemos el discernimiento y la buena voluntad para saber elegir la decisión que aporte armonía y paz entre nosotros, de esta forma no solo ganaremos la guerra en nuestro interior sino que también sembraremos de paz los ambientes donde nos movamos y la atmósfera planetaria.

Francisco Nieto

1 comentario:

Graciela dijo...

No es tan difícil discernir cual es la senda del bien y cual la del mal...¿o si?... creo que si lo que hacemos redunda en beneficio de muchos el camino es el correcto...
Muy interesante este espacio. Gracias!